Peruvian Girl

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Peruvian Girl and her best pet

miércoles, 6 de mayo de 2015

¿Por qué sufren los niños?

La pregunta de ¿Por qué sufren los niños?  tiene muchas respuestas segun el país, cultura, religión o educación de las personas, por mencionar algunos factores. 
Si identificamos, específicamente los factores principales, segun cada situación, se puede elaborar un preciso diagnostico que facilite la posible solución o disminución considerable de estos sufrimientos o injusticias contra los ninos en la mayor parte del mundo en distintas formas.



La pregunta central, que incluye a los ninos, seria: ¿por qué a la gente buena le pasan cosas malas?, titulo de un libro que leí hace algunos anos y que hace una detallada explicación sobre esta pregunta desde un punto de la vivencia familiar del Autor quien es un rabino judío (1)


Sin entrar a largas sustentaciones filosóficas o teológicas quiero resaltar algunos conceptos de un rabino judío y analizar el testimonio reciente del Papa Francisco, líder de la Iglesia Católica y/o cristiana mas grande de este planeta tierra, en su reciente viaje a Filipinas en enero 2015. Luego sintetizar mi opinión sobre este tema.

El hombre o la mujer que vuelve del médico con un diagnóstico espantoso, el estudiante universitario argumentándome que no hay Dios, o el desconocido en una reunión social, que al enterarse que soy un rabino, se me acerca con la pregunta: “¿cómo puede creer en…?”—todos tienen en común la preocupación por la injusta distribución del sufrimiento en el mundo. Las desgracias de la gente buena no son solamente un problema para los que sufren y sus familias. Constituyen un problema para todos los que quieren creer en un mundo justo, honesto, habitable. Cuestionan la bondad, la benevolencia, y aun la propia existencia de Dios.


Yo ejerzo como rabino de una congregación de seiscientas familias, unas dos mil quinientas personas. Los visito en los hospitales, oficio sus funerales, trato de ayudarles en el trámite doloroso de sus divorcios, en sus fracasos financieros, en su infeliz relación con sus propios hijos. Me siento y escucho lo que tienen que contarme sobre sus maridos o esposas que se están muriendo, sobre sus padres seniles cuya longevidad es más una maldición que una bendición, sobre lo que significa ver a sus seres queridos retorcerse de dolor y sentirse sumidos en la frustración. 

Y me resulta muy difícil decirles que la vida juega limpio, que Dios da a la gente lo que se merece y necesita. Una y otra vez, he visto a familias e incluso a una comunidad entera unirse para rezar pidiendo la recuperación de una persona enferma, sólo para ver que sus esperanzas eran burladas y sus oraciones desatendidas. 
He visto enfermar a las personas equivocadas, he visto sufrir daño a los que menos lo merecían, he visto morir a los más jóvenes.


Como cada uno de los lectores de este libro, cuando abro el periódico me resulta difícil creer en la bondad de este mundo: asesinatos sin sentido, bromas fatales, jóvenes muertos en accidentes de tráfico cuando se dirigían a su boda o volvían de la entrega de diplomas de su colegio. Sumo estas historias a las tragedias personales que he vivido y tengo que preguntarme si puedo, en buena fe, seguir diciendo a la gente que el mundo es bueno y que hay una especie de Dios amoroso y responsable de todo lo que sucede en el mismo. No es preciso que se trate de personas excepcionales o muy santas para que nos enfrentemos a esta cuestión. No solemos plantearnos por qué sufren las personas que carecen por completo de egoísmo, personas que nunca han hecho el menor daño a alguien, porque conocemos muy pocas personas de ese estilo. Pero nos preguntamos con frecuencia por qué las personas normales, vecinos encantadores y amistosos, que no son extraordinariamente buenas ni extraordinariamente malas, por qué esas personas tienen que enfrentarse de repente a la agonía del dolor y de la tragedia. Si el mundo jugara limpio, seguro que no se lo merecerían. No son mucho mejores ni mucho peores que la mayor parte de la gente que conocemos. ¿Por qué entonces son sus vidas tan duras?


Preguntarnos por qué sufren los justos o por qué a la gente buena le pasan cosas malas, no supone en modo alguno limitar nuestra preocupación al conjunto de mártires, santos y sabios, sino tratar de comprender por qué las personas normales —nosotros y la gente que nos rodea— tienen que soportar esas cargas tan extraordinarias de dolor y de pena.
Cuando yo era un joven rabino y acababa de comenzar en mi profesión, fui llamado para que tratara de ayudar a una familia que hacía frente a una inesperada y casi insoportable tragedia. Esta pareja de mediana edad tenía una hija única, de 19 años, que empezaba la universidad. Una mañana, mientras desayunaban tranquilamente, recibieron la llamada telefónica de la enfermera de la universidad: —Tenemos malas noticias para ustedes. Su hija sufrió un colapso caminando hacia la clase esta mañana. Parece que se le reventó una vena en el cerebro. Murió antes de que pudiéramos hacer nada.



Lo lamentamos profundamente. Confusos y desorientados, preguntaron a un vecino qué podían hacer. El vecino llamó a la sinagoga y yo fui a visitarles el mismo día. Llegué a la casa y me acerqué a ellos con la zozobra de no saber qué decirles o hacer para aliviarles el dolor. Había previsto enfrentarme a un estado traumático, de angustia, de dolor y lamentos pero no esperaba que la primera frase que me dijeran fuera: —Sabe, rabí, no ayunamos el último Yom Kippur*. ¿Por qué me dijeron eso? ¿Por qué esa tendencia a suponer que fueran responsables por la tragedia? ¿Quién les enseñó a creer en un Dios tan cruel que castigaría a una joven bella e inteligente por la mera infracción de un rito por parte de un tercero? Una de las maneras que ha tenido la gente de encontrar un sentido al sufrimiento del mundo en cada generación ha sido figurándose que merecemos lo que recibimos, que de algún modo nuestras desgracias provienen de castigos a nuestros pecados: Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado. (Isaías 3:10–11)


Resulta tentador creer que a la gente, a los otros, le pasan cosas malas porque Dios es un juez recto que da lo que cada uno merece. Creyendo esto, nuestro mundo sigue siendo comprensible y ordenado. Así damos a la gente la mejor razón posible para ser buenos y evitar el pecado. Y creyendo esto, mantenemos una imagen de un Dios lleno de amor y todopoderoso, que mantiene todo bajo control. Dada la realidad de la naturaleza humana, dado el hecho de que ninguno de nosotros es perfecto y que cada uno puede, sin demasiada dificultad, pensar en acciones cometidas que no debería haber hecho, siempre podemos encontrar argumentos para justificar las desgracias que nos pasan.
Pero, ¿aporta algún consuelo dicha respuesta? ¿Es religiosamente adecuada? La pareja a la que traté de consolar, los padres que perdieron a su única hija, de 19 años, de forma inesperada, no eran personas muy religiosas. No eran miembros activos de la sinagoga y ni siquiera habían ayunado en Yom Kippur, una tradición que mantienen incluso muchos judíos que no observan los preceptos. Pero al ser acosados por la tragedia, volvieron a la creencia básica de que Dios castiga a los hombres por sus pecados. Sentían que su desgracia era efecto de una falta cometida por ellos mismos, que si hubieran sido menos perezosos y soberbios y hubieran ayunado seis meses antes en el Día del Perdón, su hija estaría viva. Estaban allí, enojados con Dios por haberse cobrado su deuda con tanto rigor, pero se resistían a admitir su enojo por temor a que pudiera volver a castigarles. La vida les había doblegado pero la religión no podía consolarles, sino que les hacía sentirse aún peor. La idea de que Dios da a los hombres lo que se merecen, de que nuestras faltas ocasionan nuestras propias desgracias, es una solución atractiva y adecuada a varios niveles, pero posee serias limitaciones. Como ya hemos dicho, enseña a la gente a autoculparse. Lleva a que la gente odie a Dios, aunque para ello sea preciso que se odie a sí misma. Y lo más molesto de todo es que no se ajusta a los hechos.


Si viviéramos en otra época, y no en la era de las comunicaciones de masas, podríamos creer en esa tesis, como antaño lo creía mucha gente inteligente. Era más fácil creer en esa manera de ver las cosas. Bastaba con ignorar los pocos casos de desgracias que habían tenido lugar en la vida de la gente buena. Sin periódicos y sin televisión, sin libros de historia, podía uno abstenerse de la muerte circunstancial de un niño o de un vecino digno. Conocemos demasiado acerca del mundo como para poder hacer eso hoy. 
¿Cómo puede alguien que ha oído hablar de Auschwitz o de My Lai, o que ha recorrido los pasillos de un hospital o de un asilo, plantear como respuesta a la pregunta en torno al sufrimiento en el mundo, la célebre cita de Isaías: “Dile al justo que nada malo le ocurrirá”? Para creer en esto hoy, una persona debe negar los hechos que la acosan por todos los lados o definir lo que es un hombre justo de modo que pueda acomodarse a los hechos ineludibles. Tendríamos que llegar a definir como hombre justo a alguien que vive largos años y bien sin importar si fue o no honesto y bondadoso, mientras que un hombre ímprobo sería aquel que sufre, aunque su vida pudiera ser ejemplar en otro sentido.

Mi compromiso religioso con el valor supremo de la vida humana me impide aceptar una respuesta que no se escandalice ante el dolor humano y que incluso lo justifique porque contribuye supuestamente a un plan general de valor estético. Si un artista, o cualquier persona, causara sufrimiento a un niño para crear algo imponente o de valor, lo enviaríamos a la cárcel. ¿Por qué debemos entonces disculpar a Dios por causar un dolor no merecido, por más maravilloso que sea el producto final de su obra? Meditando sobre lo que había sido su vida en lo que se refiere a angustia mental y dolor físico, Helen llegó a la conclusión de que su enfermedad le había robado la fe en Dios y en la bondad del mundo que tenía de niña. Desafió a su familia, a sus amigos y hasta a su sacerdote, para que le explicaran por qué algo tan terrible debía sucederle a ella, o a cualquier otra persona. Si Dios realmente existiera, Helen decía que le odiaba, y que también odiaba cualquier “gran plan” que le hubiera llevado a infligir tal desdicha sobre ella.

La pregunta sobre el dolor de los pequeños, prosiguió el Pontífice, es “una gran pregunta para todos. ¿Por qué sufren los niños? Cuando el corazón alcanza a hacerse la pregunta y a llorar, podemos entender algo”.



“Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada. Vos (Jun) hablaste algo de eso. Una compasión que a lo más nos hace poner la mano en el bolsillo y dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión, hubiera pasado y curado tres o cuatro, y luego hubiera vuelto al Padre. Solo cuando lloro y fue capaz de llorar, entendió nuestro drama”.
Luego cuestionó: “¿yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado, un niño abusado? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso porque me gustaría tener algo más? Y esto es lo primero que quisiera decirles. Aprendamos a llorar, como Ella (Glyzelle) nos enseñó hoy. No olvidemos este testimonio. La gran pregunta por qué sufren los niños, la hizo llorando, y la respuesta que podemos dar nosotros es aprender a llorar”.
“Si vos no aprendés a llorar no sos un buen cristiano”, aseguró.
“Sean valientes, no tengan miedo a llorar”, exhortó.

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Creo firmemente que si la mayoría de las personas del mundo leyeran y entendieran estos temas podrían valorar las cosas mas importantes de la vida humana como el Amor sincero, solidaridad,empatia y podrían ser mas responsables en llevar su vida, sobretodo cuando tengan hijos. De esta manera no tengo duda que el sufrimiento de los niños disminuirá dramáticamente y solo quedaran casos aislados que serán mas fáciles de combatir o solucionar.

Hasta siempre.
Carlos Tigre sin Tiempo (CTsT)

Fuentes usadas:
(1)=http://books.google.com/books/about/Cuando_a_la_gente_buena_le_pasan_cosas_m.html?id=q48oyCezUzkC
(2)=https://www.aciprensa.com/noticias/por-que-sufren-los-ninos-la-respuesta-del-papa-francisco-y-un-conmovedor-abrazo-34655/

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